domingo, 2 de noviembre de 2008

Suicidarse, nunca más


Noviembre está cargado de luz y de tibiezas como ¨la veladora¨de la mano de mi madre.
En este mes nació mi mujer, Sylvia, y mi hija mayor Natalia Cecilia, pero no es sólo por eso, tan central en mi vida, que espero Escorpio con expectativa.
Tengo siempre la impresión de que en esa época vendrán mejores tiempos, mi hija traerá un pan bajo el brazo, me reconciliaré con mi mujer del desgaste de la rutina, nos iremos a comer alguna parte, etc. También me acuerdo de un amigo que tuve, que juega conmigo a la escondidas, apareciendo y desapareciendo a cada instante(¿será este un síntoma de mi vejez?), porque como un dulce fantasma no deja de acosarme por todos lados.
Especialmente, ahora que se acerca el 15 de noviembre, una fecha capaz de vencer al implacable alemán, porque un día antes es el cumple de Nati.
Martín Graziano escribió en Buenos Aires sobre el Darno, lo comparto con Uds.


Suicidarse, nunca más.
Por Martín Graziano

Hermano de la tragedia, habitante de la noche, artista prohibido,poeta torturado. El uruguayo Eduardo Darnauchans,El Darno, fue uno de los cantautores más importantes y singulares de su país. Hasta su muerte en marzo de 2007, pasó sus últimos años en una carrera de destrucción contra sí mismo.
Por Martín E. Graziano | Julio 2008
Entrando a la noche de Montevideo, saliendo de su ciudad vieja y bajando hasta la costa, está el bar La Ronda. Desde afuera se ve pequeño y oscuro, y desde adentro, también. El dueño es un hombre delgado de barba rala y ojos perdidos. Se llama Felipe, y está sentado en una de las cuatro o cinco mesas que hay. Habla sin parar, y asegura que está por venderle su bar a Bob Dylan. Luego se pone de pie y camina hasta el mostrador. Se escucha el sonido a fritura de un disco y empieza a sonar una canción que dice: “Habitantes del olvido, pasajeros de la nada… pobladores del silencio entristecido de las casas”. En alguna mesa uno levanta el vaso y brinda por El Darno. El Darno es Eduardo Darnauchans, el trovador que murió hace poco más de un año y se convirtió en culto de estetas, suicidas y románticos.

Felipe vuelve a su lugar. Cuenta que hace un tiempo uno de sus amigos estaba poniendo discos en el bar y puso una canción de Leonard Cohen. Un borracho de unos 50 años se acercó tambaleante para agradecerle por dejarlo escuchar al canadiense. Hablaron un poco más y el tipo volvió a su mesa. El amigo de Felipe pensó que si al tipo le gustaba Cohen, tenía que gustarle Darnauchans, así que puso un disco. Apenas empezó a sonar, el borracho se levantó indignado y salió corriendo de La Ronda. Era El Darno.

La saga familiar empieza en Tacuarembó, una ciudad de unos 50 mil habitantes en el norte de Uruguay. Sin embargo, Eduardo no nació allí. Una complicación de último momento obligó a su madre, Alicia Miralles, a trasladarse para el parto a un hospital de Montevideo. Era 15 de noviembre de 1953. Siete días más tarde, Alicia regresó a Tacuarembó acompañada de su marido, Pedro Darnauchans, y del niño.

Pronto advirtieron que Eduardo sólo dormía de día y pasaba las noches en vela. En esos primeros meses Alicia, tíos y tías se codeaban en la madrugada para despertarse y acompañarlo. Se estableció un complot familiar que incluía paseos nocturnos y hasta turnos rotativos. “Las viejas del barrio mandaban decir que había que ponerle la batita al revés —recuerda Graciela Miralles, hermana de Alicia—. Y nosotros, de la desesperación, lo hacíamos. Hacíamos lo que fuera para que cambiara el sueño, pero nada. Más tarde, ya de joven, cuando llegaba el atardecer me decía ‘ahora se me empieza a aclarar todo, todo empieza a quedar bien’. Había nacido para la noche”.

Un año después la familia se trasladó a Minas de Corrales, un pequeño pueblo del departamento de Rivera, cerca de la frontera con Brasil. Pedro Darnauchans, que era médico pediatra, había conseguido trabajo en la zona. Alicia dio a luz a una niña a la que llamó igual que ella, aunque la apodaron “Cinacina”, el nombre de un arbusto de la zona. Alicia reanudó su trabajo como profesora de castellano pero, en aquel pueblo cercano a la frontera, su hijo Eduardo acusó el impacto cultural en un punto sensible: el idioma. En cuanto empezó a hablar mezclando lenguas, español y portugués, sus padres lo mandaron de regreso a Tacuarembó, a casa de su abuela. Veía a su familia los fines de semana.

Estaban despuntando los sesenta y en Uruguay, como en buena parte del mundo, la Revolución cubana provocaba diásporas. En ese remoto paraje rural donde los Darnauchans hacían su vida, se formó un Comité de Defensa para nuclear a los pocos simpatizantes de Castro y Guevara. Por las tardes, y a través de unos parlantes ubicados junto a la iglesia, se leyó una lista negra redactada por el cura de Minas de Corrales, que incluía a las personas estimadas como enemigas del pueblo, de Dios y de la patria. Los nombres de Alicia y de Pedro estaban en la lista. Recibieron piedrazos sobre el techo de su casa durante días, y no les quedó más remedio que huir de regreso a Tacuarembó.

“Eso marcó a toda la familia de una forma espantosa —dice Graciela—. Con miedo. De ahí en más mi hermana, que era una mujer muy inteligente y capaz, empezó a sentir angustia. Y una vez que volvieron a Tacuarembó, ella se lo pasaba quieta, con depresiones”.

Años después, en un reportaje para el diario El País, Eduardo diría: “El personaje Alicia, de Lewis Carroll, tiene mucho que ver con mi madre, porque mi madre atravesó todos los espejos y quedó presa entre la pared y el azogue”.

Miralles, dice Graciela, es un apellido catalán, y quiere decir “espejos”.

Recluida en la casa, Alicia leía en voz alta cuentos de Edgar Allan Poe para su hijo. La familia ya tenía sus fantasmas: los abuelos de Eduardo, dos suicidas de veneno y pólvora. Aún así, Pedro Darnauchans seguía adelante, recorriendo la zona para atender niños enfermos, a bordo de su Volkswagen blanco y escuchando austeros cantores criollos. Eduardo solía acompañarlo como aparcero de pesca, mientras su padre tocaba en la armónica polcas de Rivera, la zona donde había crecido. El niño amaba esas cosas, pero por entonces ya avistaba el cartelito de salida de su infancia. La brecha generacional estaba a unos pasos y, como a tantos, la iluminación de los Beatles lo empujó a dar el salto y a descubrir las posibilidades de su voz. “Primero me chocó —recordó en el semanario Jaque, hacia 1984—. No asociaba eso con la cultura, pensaba que era una modita, pero me gustaba. Ahora, cuando en el liceo mi profesor de Literatura ponía a los Beatles como ejemplo para algo: ‘¡Caramba! ¿Entonces quiere decir que todo esto es la misma pelota?’ ”.

El nombre de ese profesor era Washington Benavides. En Tacuarembó, una ciudad agrícola–ganadera con un visible componente reaccionario —y extrañamente o no tanto, cuna de poetas—, Benavides ya tenía en su haber un libro quemado en plaza pública. Había sido marginado por comunista y, sin embargo, se había ganado cierto lugar por su tarea docente. Eduardo, con apenas 12 años, encontró en la figura de Benavides un mentor. En casa de Bocha, como lo conocían sus alumnos, empezaron a recalar Eduardo Larbanois, Víctor Cunha, Eduardo Milán, Carlos da Silveira y Eduardo Lagos, que después jugarían papeles importantes en la cultura uruguaya. En confianza y entre pares, Darnauchans empezó a cantar, tomando textos del propio Benavides para someterlos a variaciones melódicas en el fragor de la improvisación. Al mismo tiempo, mientras probaban el arroz con leche que preparaba Nené, la mujer de Bocha, repasaban pinacotecas e iban intercambiando textos de Ezra Pound, Vallejo o los primeros trovadores provenzales. También escuchaban desde el uruguayo Daniel Viglietti hasta los Rolling Stones, pasando por Ney Matogrosso y el argentino Luis Alberto Spinetta.

“Era un guetto, con las deformaciones que eso genera —se sincera Víctor Cunha—. Un grupo se ‘guettiza’ para defenderse, pero además se vuelve discriminante. Entonces terminaba siendo despectivo y soberbio, y ‘que mierda son estos tipos, ¿cómo no se dan cuenta de que somos geniales? ¡Vamos a hacer la revolución para enseñarles!’ ”.

A fines de los sesenta y bajo el gobierno de derecha con mano de hierro de Jorge Pacheco Areco, en Uruguay se vivían tiempos de convulsión social y política. Los partidos de la izquierda extremaban sus posiciones y los tupamaros, una coalición armada identificada fuertemente con la Revolución cubana, alcanzaban su mayor estatura como guerrilla urbana. “A Eduardo lo conocí en una reunión de militancia para decidir si incorporarnos a las Juventudes Comunistas —recuerda Cu-nha—. Era un muchachito muy raro, muy buen mozo. Y por más que fuera comunista, tenía su campera de cuero, su motito Honda y hasta quizá sus pantalones Lee”.

A ese joven cultivado y taciturno, que se paseaba con discos de Dylan bajo el brazo, Eduardo Milán lo llamaba “Holy Man” burlándose de su abstinencia de alcohol y —acaso involuntariamente— chicas. Cigarrillos sí, pese al asma de herencia familiar.

Juntos armaron The Glass of Water, un efímero grupo de rock adolescente con el que realizaron un ritual iniciático en sintonía con el flower power: comieron pétalos de rosa. “Nos sobraba conciencia crítica como para abrazar la cosa como causa —recuerda Milán, exiliado desde el 79 en México—. Eduardo siguió solo. Lo bien que hizo”.

En casa de sus padres y al pie del tocadiscos, Darnauchans perfeccionaba su técnica vocal —engolada y casi lírica, tan diferente a la tradición de cantores viriles de su país—, mientras Víctor Cunha componía de memoria, parado en el colectivo, los versos de “Alicia maravilla” para que su amigo les pusiera música y los cantara. Esa canción, años después, sería el primer sencillo de difusión de su carrera. Víctor la había imaginado pensando en Cinacina, la hermana de Eduardo.

En 1970 decidió que iba a estudiar medicina. Definitivamente más importante fue su participación en el Festival de la Canción Joven. Eduardo subió al escenario y empuñó esas primeras canciones con autoridad sobre su canto. Esa voz isabelina, puesta al servicio de textos con caladura metafísica y melodías de diálogo popular–medieval, no parecía en absoluto la aproxi-mación de un adolescente de 16 años. Además de ponerle música a textos propios, de Cunha, Benavides y Mario Benedetti, Darnauchans había convertido la “Milonga de Manuel Flores” de Jorge Luis Borges, en un country elegíaco: “Mañana vendrá la bala, y con la bala el olvido. Lo dijo el sabio Merlín: ‘morir es haber nacido’ ”. En el estrado del jurado, el promotor cultural Carlos Martins, Quique Abal —dueño del sello discográfico Sondor—, y el mismo Benavides entendieron de inmediato. Ganando, allanó su camino hacia Montevideo y su primer disco. Con la esperanza del hijo médico, sus padres costearon una pensión estudiantil y Eduardo se instaló en la capital uruguaya, donde lo de Holy Man fue quedando definitivamente en el pasado.

Frecuentaba mujeres, evitaba categóricamente la facultad, y despertaba en los bares, mientras las señoras barrían la vereda.

Se vinculó con el incipiente mundillo del rock local y, a partir de esos encuentros, pudo hacer su debut en el ciclo “Los conciertos de La Rosa” del teatro Stella de Italia. Para 1972 había cambiado su inexistente carrera en Medicina por la licenciatura en Letras, y ya estaba metido en los estudios de Sondor para registrar Canción de muchacho, su primer LP, poniendo en marcha un rigor artístico inédito para un adolescente, reclamándole al atónito ingeniero de grabación el sonido de una gota de agua —“una gran gota metafísica”— para el final de una canción. “Ya tenía redondeada toda esa estética a los 17 años —se asombra aún hoy Fernando Cabrera, referente ineludible de la música uruguaya—. Se precisa un tiempo de maduración, de afianzamiento, de cometer errores, pero Darnauchans arrancó, a esa edad, realmente maduro”.

En 1973, cuando el disco salió a la venta, estaba de vuelta en Tacuarembó estudiando Magisterio en el Instituto Normal. Su rumbo universitario había perdido el norte y la música no era una carrera respetable ni remunerativa. El 23 de junio, cuando se impuso el golpe de Estado que dio paso a una dictadura de más de 10 años, Darnauchans se paró sobre un cajón de cervezas y tomó las instalaciones del establecimiento junto a algunos compañeros. Fue arrestado e inhabilitado para cursar estudios en todo el territorio uruguayo.

La Universidad de La Plata, en Argentina, tenía un convenio de reválidas con la Universidad de la República (UDELAR) y hacia allá partió. Menos para finalizar su licenciatura en Letras que para escapar del entorno. Cruzó el Río de La Plata junto a Eduardo Milán en febrero del 74, no sin antes dejar grabadas muchas de las canciones que irían a parar a Las Quemas, su segundo disco que, como el primero, sólo circularía entre músicos e iniciados.

Al llegar, alquilaron un departamento en Berisso, una ciudad de las afueras de La Plata. Durante su breve estadía, además de cursar y componer, Eduardo redactaba largas cartas donde describía su vida y el comportamiento surrealista de ese departamento que, por las canillas, despedía un líquido verdoso y, en cierta oportunidad, hasta la cola de un gato negro. Viajaba en colectivo hasta la facultad, leyendo el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal mientras, a través de la ventanilla, las calles de la ciudad podían ser todo menos pacíficas. Milán lo resume mejor:

“Con la muerte de Perón empezó la amenaza contra los extranjeros por radio. De la noche a la mañana éramos todos terroristas, como diríamos ahora. Evaluamos la situación de un modo simple: ¿qué es mejor, morir en La Plata donde no nos conoce nadie o en Uruguay donde por lo menos algún polvo se levantará?”.

Mientras Milán se debatía acerca del retorno a Uruguay, Darnauchans conseguía una habitación alquilada en una pensión del barrio de Once y trabajo en la fábrica de balas Orbea. Una tarde de primavera, en un bar llamado Confitería de Las Artes, conoció a su primer gran amor. Una espléndida muchacha de grandes ojos azules que sería la destinataria de canciones como “Memorias de Cecilia”. La soleada Cecilia Braier le insufló vida a los días grises de su exilio. Con ella, y junto a Bismarck Vega Casariego, otro uruguayo trashumante, formaron un fugaz trío para interpretar canciones de Dylan y los Beatles.

“Una noche Eduardo se puso muy borracho en la casa de Bismarck —recuerda Cecilia—. Estábamos cantando ‘I’m a loser’, esa canción de los Beatles que dice ‘she was a girl in a million, my friend’. Entonces dijo: ‘Acordate, Bismarck, ella es una mujer en un millón’ ”.

Poco después, Cecilia fue a parar a los brazos de Bismarck y Eduardo le regaló “Final”, una pieza con destino de clásico que tenía estos versos nobles de despedida: “Recuérdame, la espina no, la flor. Si es que hubo flor”.

Ya no había razones para seguir en Argentina. A Uruguay los boletos.

Sentada en un sillón, frente a su taza de café y la mesa repleta de fotografías, Chichila Irazabal levanta la mirada y dice:

“Están todos muertos. Recuerdo a mi madre, que siempre al mirar fotos decía: ‘Pensar que éste no está, éste tampoco’. Bueno, a mí eso me empezó a pasar… pero nos pasó muy jóvenes a nosotros”.

Alza una foto en la que está con un Eduardo apenas barbado, pañuelo al cuello. Los dos jóvenes y hermosos y enamorados. Se conocieron en el Cabo Polonio, un balneario agreste que aún conserva su encanto bucólico. Ese enero del 76, Chichila acampaba junto a unas amigas cuando vio llegar al muchacho que, en los fogones de la noche, la iba a alumbrar con su voz. Ella no tenía idea de quién se trataba, y no era extraño: hasta entonces la obra de Darnauchans sólo era atendida en un mundillo de culto. Recién a su regreso, en Montevideo, una amiga le prestó Las Quemas. Al mes siguiente se encontraron en uno de esos desfiles espontáneos, heredados de la tradición afroamericana, que en Uruguay son conocidos como llamadas de carnaval. Notó de inmediato que Eduardo estaba muy delgado y frágil. No podía saber que: a) lo había dejado una novia; y sobre todo, b) se había peleado con su madre que, como represalia, en lugar de mandarle una encomienda con comida, había condescendido a enviarle una caja de bombones. Chichila lo invitó a comer a casa de sus padres y, durante años, la señora Irazabal quedó encantada con la forma en que ese muchacho disfrutaba de su cocina. Su hija prefirió no desilusionarla contándole que Eduardo hacía una semana que sólo comía bombones.

En marzo, una amiga en común cumplió años y lo festejó con una fiesta que duró todo un fin de semana en una vieja casona heredada. Los festejos dejaron como saldo una invitación a quedarse a vivir allí para Cunha, Eduardo y Chichila. Desde luego aceptaron y cada uno tuvo su cuarto. Pero un mes después, la transitada Casa Grande se halló casi vacía por los días de Turismo (tal como llaman en Uruguay, país laico, a Semana Santa). Sólo quedaron Eduardo y Chichila, mano a mano. El Jueves Santo El Darno tenía un recital en un balneario de Canelones. Y Chichila lo acompañó. El concierto terminó de madrugada y, sin boleto para un micro, fueron hasta la carretera para hacer autostop. Con el frío, o con la excusa del frío, empezaron a buscar calor en el cuerpo del otro y la escena quedó retratada en la “Balada para una mujer flaca”, aquella canción que cifró para siempre su amor en obra: “De tu ventana hasta aquel Jueves Santo ¿cuánto queda? / aquel milagro de carretera / con el pulgar paralelo a la sonrisa / y tú temblándome en el costado”.

En un contexto de censura y represión, la Casa Grande generaba sospechas. Una tarde de fines del 76, tocaron la puerta desconocidos. Eran militares de civil que entraron para interrogar a todos.

Eduardo quedó detenido, acusado de viajar a Berlín Oriental para recibir entrenamiento guerrillero. Jamás había pisado un aeropuerto, y el pasaporte fue la prueba. Sin embargo, quedó bajo libertad vigilada y comenzó un periodo de sucesivas prohibiciones.

“Después de eso, Eduardo hizo crisis —asegura Chichila—. Un día estábamos en el café Torrado, un lugar que frecuentábamos, y me empezó a decir: ‘¿Por qué hay conejos ahí? ¿Qué hacen esos conejos?’. Hubo que internarlo varias veces. Era algo provocado por el miedo, y vivíamos aterrorizados. Yo controlaba la hora en que volvía a casa, porque si se demoraba unos minutos era que podía estar cortándose las venas. Cosa que, de hecho, ocurrió varias veces”.

Parte de la terapia para recuperarlo incluyó dolorosas sesiones de electroshock: “No es nada dramático —le dijo Eduardo al periodista Tabaré Couto—. Te hace perder los recuerdos que no querés perder y no te hace olvidar esas cosas que sí querés olvidar”. Para 1977, habían sobrevenido tiempos muy difíciles. Alicia Miralles, atrapada en su casa de Tacuarembó por voluntad propia, hacía el primero de sus varios intentos de suicidio ante la incredulidad de su marido. Internada en Montevideo, pasaba una semana en coma y volvía al mundo caminando hacia la ventana como una santa o una sonámbula. Al poco tiempo su hijo tomaba un cuchillo, lo apoyaba sobre una hornalla y se laceraba con fuego. Una M marcada en el pecho. “Madre, muerte”, dijo.

La crisis espiritual y el delirio lo pusieron de frente a la posibilidad de hacerse monje. El Darno había idealizado la situación, imaginándose como uno de esos jesuitas intelectuales que había conocido en su infancia. Sin embargo, cuando fue a recibir asesoramiento introductorio, acompañado escépticamente por su dama incondicional, se encontró con un cura cuestionándole los placeres de la carne. El Darno, efusivo amante de los goces terrenales, salió despavorido.

La familia y los cercanos debían oscilar entre los sanatorios en que estaban internados Alicia y su hijo. El periodista Elbio Rodríguez Barilari más de una vez pasó las tardes en la Colonia de Asistencia Psiquiátrica Etchepare. “Era durísimo ver a Eduardo así, a veces como ido, otras veces lúcido, extremadamente agitado y preguntándose, preguntándonos, por qué le venía esa ‘compulsión espantosa’ de matarse”.

Esos tironeos hacia el fondo convivían con un periodo artístico muy fértil. Además de anotarse como alumno en la escuela de la Cinemateca para despuntar el vicio del cine, ésos eran los días de su disco más exitoso. Ese álbum se llamó Sansueña, se editó en 1978 y dejó huella. No sólo vendió miles de copias —superando hasta a Julio Iglesias, el popstar de turno—, sino que allí El Darno trazó su perfil artístico definitivo. Producido por Jorge Galemire —otro fundamental de la música uruguaya—, Eduardo conjugó el pop mundial de los sesenta con la escuela del songwriting, algo de la tradición de su país y el componente enrarecedor de la trova renacentista, musicalizando hasta un texto de su madre que, lacónicamente, decía así: “No maldigas el alma que se ausenta, dejando la memoria del suicida. Quien sabe qué oleajes, qué tormentas, lo alejaron de las playas de la vida”. Sansueña fue presentado durante unos recordados ciclos en el auditorio de la Alianza Francesa, un espacio trascendente para la música local. Canciones como “Cápsulas”, “Final” y “El nudo desatado” se convirtieron en esos clásicos visitados hasta en los fogones, como también la pieza central del disco, “El instrumento”. Darnauchans entraba a la canción con un verso de Benavides que parecía escrito a medida del camino que le esperaba: “Conocerse claro está que necesita su tiempo, con años que albañilean y años de derrumbamiento”.

Por esos días, el Canto Popular uruguayo estaba entrando en su apogeo. Artistas como Jaime Roos, Rumbo y Los Que Iban Cantando llenaban teatros y vendían discos. Fue justo entonces que cayó la prohibición definitiva para El Darno, que tenía 25 años y alcanzaba su pico de popularidad abarrotando las salas como número único. Entrevistado por el documentalista Ricardo Casas, Eduardo contó con detalle: “Se presentó en la Jefatura un oficial y, después de enumerarme desde mi nombre hasta todas las veces que había estado preso, me dijo que yo estaba inhabilitado para ejercer mi profesión de cantante en todo el territorio nacional. La prohibición ocurrió un 29 de mayo de tardecita y al día siguiente, 30 de mayo del 79, al mediodía, murió mi padre.

De manera que perdí dos cosas grandes de un solo saque. Y bueno, seguí vivo, de todas maneras. Pero no fue nada fácil”.

Pedro Darnauchans murió de un infarto en la sala de pediatría del hospital de Tacuarembó. Eduardo empezó a trabajar como corrector gráfico en la Imprenta García y le prometió a su mujer: “Nunca más me voy a suicidar”.

En la sala de espera del psicoanalista Daniel Gil, mientras miraba los cuadros de Hyeronimus Bosch y Fidel Sclavo, El Darno supo que podía entenderse con ese hombre. Estaba dispuesto a poner los pies fuera del pozo y por eso acudió a ver a ese profesional de prestigio que ya había tratado a otros artistas. Mientras iniciaba ese tratamiento, y aún prohibido, arrancó el trabajo para su nuevo disco. Como arreglador eligió a Fernando Cabrera, un joven que entonces casi no tenía referencias. “En realidad, yo lo había conocido antes como músico —corrige Fernando—. Yo tendría 16 años, era un aficionado a la música muy metido, pero veía inalcanzable dedicarme profesionalmente. Hasta que escuché a Darnauchans por la radio. Lo encontré tan extraño y personal, que pensé ‘se puede estar por fuera de ciertos códigos, y que igual te pasen por la radio’. Fue un impulso, una confirmación de una conducta”.

Eduardo adoptó a Cabrera como un discípulo, un amigo. En un gesto de pura confianza, le entregó el comando para trabajar en la producción de cinco canciones para el disco. Fue poniendo sobre la mesa las piezas, y por allí apareció un tour de force que tituló “Pago”. Se trataba de una larga elegía para su padre que empezaba diciendo: “Yo le debía esta canción, doctor… guárdela dentro de su maletín”. La canción era tan intensa, tan —a su modo— visceral, que casi no se permitieron ensayarla hasta la grabación en los estudios Sondor de Montevideo. Darno entró a la cabina y Cabrera empezó a tocar el arreglo para esa milonga mirándolo a través del vidrio. “Sabíamos de antemano que era ‘una o nunca’. Había que entrar en un canal, jugársela a muerte y sacarla. Se ve que el loco aguantó hasta donde pudo, y cerca del final se empezó a desarmar y terminó llorando. Se acabó la canción y guardamos los instrumentos en silencio. Nos quedamos todos ahí, secos”.

En Tacuarembó, y mientras Cinacina atravesaba un embarazo, su madre se abrió violentamente el estómago con un cuchillo. Desahuciado, Eduardo le preguntó a su psicoanalista, Daniel Gil, cómo se hacía para seguir adelante: “Haciendo un disco que se llame Zurcidor”, le respondió. Y allí estaba. La referencia, que inicialmente era para un viejo mendigo violinista que con “su mano zurcía en el aire la vida”, adquirió para El Darno poder de cura. Bastante más tarde supo que el verbo to darn, en inglés, quería decir zurcir. Darner, entonces, Zurcidor.

Cuando el disco estuvo en la calle, la poeta y narradora Alicia Migdal escribió para Cinemateca Revista: “Darnauchans ha enriquecido la poesía uruguaya y la conciencia propia y ajena de lo poético. Y lo ha hecho sin facilismos, sino con la obstinación del que reconoce las complejas grietas de este mundo y sobre ellas sigue viviendo y cantando, señalándolas con una melodía estilizadísima, una poesía indirecta y tensa y una interpretación donde arriesga toda la fuerza interior de su cuerpo”. Y Migdal no exageraba. Con Zurcidor, Eduardo alcanzaba su plenitud artística. Sólo restaba volver a cantar en público.

En 1983, la democracia en Uruguay estaba a la vuelta de la esquina. Los militares habían sufrido un fuerte revés en el plebiscito que habían convocado y faltaba apenas un año y medio para las elecciones. En el Palacio Peñarol se organizó un concierto multitudinario que tenía algo de festejo. Entre los muchos que figuraban en el programa estaba Darnauchans, y la expectativa estaba puesta en saber si lo iban a dejar cantar después de silenciarlo por más de cuatro años. El Darno subió al escenario solo, con su guitarra, pero su canto apenas se escuchó: el estadio bramaba, eufórico, sobre su voz.

Eduardo tenía entre manos un disco de exorcismos que tituló Nieblas y neblinas. La temática estaba orientada hacia el recuerdo de su primera niñez, y la dedicatoria, aunque un tanto críptica, era para Daniel Gil: “A D.G., por los 100 semanales”. Por esos días del 85, el cineasta Ricardo Casas se había propuesto realizar un documental alrededor de su figura, y juntos viajaron a Minas de Corrales, el sitio donde había vivido su primera infancia. Eduardo volvía por primera vez y quedó paralizado cuando, entrando a la iglesia, el cura salió a recibirlos con los brazos abiertos. Les ofreció techo, comida y bebida. Para El Darno, ese círculo se cerraba de manera extraña.

El documental registró los recitales que brindó en el Teatro del Notariado de Montevideo para presentar Nieblas y neblinas.

Esos conciertos encontraron a Darnauchans en pleno dominio de su instrumento. Aun así, todavía no podía vivir de la música.

Por lo pronto, Eduardo era un celoso horneador de empanadas y quichés en la empresa personal de su mujer, y no sabemos si le tembló el pulso cuando firmaron el contrato de concesión para la cafetería de la Cinemateca. El rostro del emprendimiento quedó en manos de Chichila y su delicada sensibilidad gourmet, pero no pocos juran haber recibido su cafecito de manos de un extraño mozo cantor. Trabajaban codo a codo cuando llegó una noticia con mucho de triste y algo de alivio. Alicia Miralles había muerto de un infarto. A los pocos meses y casi como un reflejo, acaso tratando de aferrarse a una mujer después de haber perdido a otra, Eduardo le propuso casamiento a Chichila. En agosto del 86 tomaron un colectivo hasta el Registro Civil.

Con el tiempo, las exigencias diarias fueron poniendo al Darno y Chichila en distinta sintonía. Insomne crónico, él vivía de noche y, al despertar, ella no lo encontraba a él pero sí mensajes escritos para “su Flash”, como llamaba a Chichila por su sensualidad (flesh) y su velocidad.

“Amor que venís del cielo: es demasiado tarde, o temprano según se vea. Ya no quisiera ni en lo más pequeño alterar tu sueño con mi vieja torpeza, mis ruidos pequeños momificados por la silencia de la noche. Por eso me privo del infinito placer de compartir la sagrada cama de bronce de alguna Alicia contigo. He estado solo en El Capitolio. Sólo pensaba repasar en la rayada memoria los versos del viejo Horacio. Verdaderamente no he tomado.

Compartimos un litro de acuosa Pilsen con Víctor, y en mis reflexiones horacianas consumí una tres cuartos. ¡Un adorador del lúpulo no sentiría satisfacción con eso! Sólo quiero que estés bien, que sepas que te quiero muchísimo y que, a veces (lo óptimo sería siempre, perdón) necesito de la noche. Besos lánguidos y querientes de un lémur trasnochado y cursi y además etc. Que el beso tardío ausente frente a vos besote queda”.

Darnauchans, llegando a su cenit profesional con el Premio Municipal de Música Edita por El trigo de la luna y componiendo a pedido para teatro y cine, se sentía cada vez más lejos de su mujer. En esos últimos tiempos de la pareja, Chichila había comenzado a observar con alarma cómo Eduardo no permitía que una botella terminara con líquido sobre la mesa: “El Darno tenía terror de terminar alcohólico. En algún lugar de su cabeza, sabía que ése era un sitio al que podía llegar”. Las distancias entre ellos se fueron acentuando y, en poco tiempo más, el proceso de divorcio estuvo en marcha.

Lo esperaban las actuaciones como soporte de Bob Dylan y Paul Simon en el Estadio Centenario de Montevideo, pero el cantor estaba atravesando su largo duelo bebiendo en los bares, portando sus Ray Ban Wayfarer. “Estaba Eduardo, y estaba El Darno —sostiene el periodista Rodriguez Barilari—. El Darno era el personaje de Eduardo. Construyó ese Darno, épico pero íntimo, romántico pero materialista, mórbidamente enamorado de la muerte pero sobreviviente. Un poco vampiresco, pero capaz de levantar una rosa roja con su mano izquierda. El problema vino cuando, entre el alcohol y una pareja que lo alejó de los amigos y lo acompañó en la autodestrucción, el personaje de El Darno se empezó a comer a Eduardo”. Lo que nos lleva, sí, a la caída.

Patricia González trabajaba en la agencia publicitaria de su padre.

Era muy bella, tenía unos 10 años menos que Eduardo y un carácter sólido.

Una noche de copas, en el bar El Lobizón de Montevideo, se conocieron y se enamoraron perdidamente. La relación era tan saludable que, cuando pusieron el 22 de septiembre de 1994 como fecha de casamiento, tanto Chichila como Cecilia Braier —que cimentaron una curiosa amistad— confirmaron su presencia en la Catedral Metropolitana. Sin embargo, esa simbiosis intensa —aunque nada equilibrada— que Eduardo y Patricia cultivaron se fue quebrando con el tiempo y el alcohol.

Se aislaron del mundo, frecuentando personajes de la noche que encontraban en los bares. El Darno generaba una empatía muy particular con los más desamparados, que se le acercaban continuamente para agradecerle por sus canciones, por haberlos acompañado en esas madrugadas arduas. También podía ser un gran ególatra cuando la admiración devenía en adulación: “Para esos despliegues le venían muy bien los jovencitos que lo escuchaban devotamente hasta las 3 de la mañana en El Lobizón —apunta Rodríguez Barilari—. Los amigos, especialmente Cunha y Bernardo Aguerre, eran buenísimos para mandarlo callar y llamarlo a la realidad”. Pero los amigos no estaban dispuestos a seguirlo hasta el fin de la botella.

Eduardo dejó de componer y de tocar la guitarra. Solía decir que se había se-
cado. Su postura siempre había sido selectiva pero, promediando los noventa, sólo empezó a sacar, y en cuentagotas, algunos registros en vivo, antologías, y una colección con material inédito merced al esmero de Cunha. Por entonces realizó uno de sus pocos conciertos fuera del país. Fue en Argentina, en un show que pasó a formar parte de su mitología.

Asistieron no más de diez personas a las que Eduardo les rogó que no aplaudieran. Un borracho se había obstinado en su contra y el mismo Darno debió bajar del escenario para echarlo a la calle. Martín Pérez, periodista del diario argentino Página/12 y uno de los directores de la revista La Mano, estaba allí, en el Bar Oliverio’s: “Fue un espectáculo muy decadente, salvo por las canciones, claro. El Darno parecía cantar desde otra época, pero estaba realmente acá. Era un hombre sin tiempo”.

El reconocimiento de colegas y periodistas era unánime. La cantautora Sylvia Meyer, de una generación posterior aunque alcanzada por su arco de influencia, grabó un disco homenaje donde versionaba su repertorio y, durante 1998, Ricardo Casas finalmente presentó su documental Donde había la pureza implacable del olvido. En la reseña que Rolling Stone —edición argentina— publicó sobre su disco en vivo Entre el micrófono y la penumbra (2001), no había más que elogios: “Disfrutar de Darnauchans es disfrutar de un clásico en su mejor forma”. Pero la caricia pública no alcanzaba. La relación con sus amigos y músicos de siempre, Carlos da Silveira y Bernardo Aguerre, había alcanzado una pendiente tal que decidió cambiarlos. Aparecieron jóvenes como Alejandro Ferradás y Shyra Panzardo que, además de aportar una renovación estética y apoyarlo musicalmente, hicieron lo imposible para sacarlo adelante en el plano personal.

Sin embargo, asistir a sus conciertos era aventurarse en zona de incertidumbres. Podía ser la experiencia más bella y podía ser, también, un verdadero calvario.

No era extraño que Eduardo, que tenía por entonces 50 años, se presentara completamente borracho, con la voz arruinada y sin memoria para las letras. Ricardo Casas recibía tormentosos llamados nocturnos de Patricia, en busca de material fílmico para proyectar en los shows: “Levantaba el tubo y me asustaba, porque siempre hablaba en ese tono que parece que ha muerto alguien. No era una mala persona, era muy conflictuada y siempre estaba como perdiendo pie. Juntos entraron en un círculo del cual no salieron, y eso fue desgastándolos moral y físicamente”.

Mientras Patricia aceleraba su deterioro, Eduardo sufría accidentes domésticos provocados por el alcohol. En una ocasión, el perro que tenían lo arrojó al piso. Estaba tan deshidratado y mal alimentado que se fracturó. Una madrugada de 2004, salió de su casa para comprar cigarrillos y cayó en la fosa de un taller mecánico. Ferradás suspira: “Lidiamos con eso como con cualquier otra enfermedad crónica. Entre la negación y la resignación”.

Lo crítico de su situación incluía además cierta estrechez económica y Eduardo se encargaba de potenciar un servilismo tan caro a los artistas más carismáticos. De hecho, se le gestionó una pensión graciable y espontáneamente se generaron conciertos y colectas para ayudarlo. En el medio de ese páramo se alzaba como una estatua herrumbrada el motor de la paradoja: un artista matándose lentamente frente a un público que le agradecía por salvarle la vida con sus canciones.

Tras más de 15 años sin registrar material nuevo, El Darno decidió volver a su temida Caverna Lunar, como le gustaba llamar al estudio de grabación. Ferradás pasó a buscarlo, compraron una petaca en el camino y grabaron las tomas de voz. Ferradás hizo el resto por su cuenta, corrigiendo con pulso de cirujano las desprolijidades de Eduardo y tomando como referencia el canon estético darnauchaniano: su gusto por el clasicismo de Lennon, Cohen y Dylan. En el medio del proceso, el 16 de octubre de 2005, Eduardo recibió un llamado que lo pulverizó. Cinacina se había arrojado desde la terraza del edificio donde vivía en Tacuarembó. Había dejado una nota, escrita con caligrafía y sintaxis precisas, en la que sólo pedía se respetase su decisión. “Eduardo siempre tuvo un juego con la muerte —dice Graciela Miralles—.

¿Y detrás de eso qué hay? Miedo. Eso hay que canalizarlo por algún lado, pero Cinacina nunca pudo canalizarlo en nada”.

Pocos después del entierro de Cina, fue sometido a una operación de caderas para reparar los daños de sus caídas. Ferradás le llevó el disco terminado al sanatorio donde estaba internado. “Le puse los auriculares para que escuchara El ángel azul, y siento que le alegré la vida en ese momento —dice Alejandro—. Me miró emocionado un par de veces y yo tuve que tragar saliva para acomodarme el nudo”. Todos esperaban un remedo, pero se encontraron con un disco de pie, honesto, hermoso y vital, dedicado a la memoria de su hermana. El Darno apenas pudo presentarlo. En el primer intento, su salud todavía no estaba recuperada y sus músicos debieron obligarlo a suspender el show. El 25 de noviembre de 2006, en el espacio teatral y céntrico de la Sala Zitarrosa, el telón finalmente se levantó. En vez de Darnauchans apareció una sombra de lo que había sido, erosionada por años de autosabotajes, abandono y alcohol. El concierto fue estremecedor: un hombre sentado, con severos problemas de afinación, luchando con la muerte apoyado en un bastón, cantando “Yo quería una canción antigua / como la música del océano / en los acantilados.

Tú me diste la hoja de afeitar / una soga y un número muerto”. Cuando el recital alcanzaba su final, Eduardo se puso de pie por primera vez, caminó hasta el borde del escenario y levantó su bastón al aire.

Era 18 de febrero de 2007 y era de noche. No era poco común que Patricia durmiera todo el día, pero ahora algo no estaba bien. El Darno se desesperó.

“Pasaron horas hasta que pudo aceptarlo y llamó por teléfono —recuerda Chichila—. Cuando llegué a la casa y vi desde la puerta a Patricia en la cama, me di cuenta de que estaba muerta desde hacía mucho tiempo”.

Patricia había muerto junto al Darno que, desenfocado por el alcohol y la negación, no podía entenderlo. Entre familiares y amigos, empezó a sobrevolar la idea de que no iba a soportar, de que se iba a tirar por la ventana. El tío Raúl —consorte de Graciela— y Víctor Cunha —distanciado con El Darno, incapaz de tolerar su comportamiento autodestructivo—, hicieron guardia en la planta baja. Chichila dio un paso al frente y pasó esa noche eterna acunando a Eduardo.

La tía Graciela consiguió una especie de asilo de ancianos para que su sobrino pasara los primeros días del duelo y pudiera ufanarse de ser el más joven del recinto. A la semana, encontraron en su cuarto botellas de alcohol. Decidieron poner a una mujer para cuidarlo y recibir las visitas. El 7 de marzo, después de la cena, Eduardo se dispuso a descansar. Levantó la vista, y le dijo a la dama de los cuidados: “Usted no se asuste si me siente llorar.

Voy a estar leyendo a Shakespeare”. Después, murió de un infarto.

La mañana siguiente, todos los medios publicaron sus endechas por la muerte de Eduardo Darnauchans. Durante el entierro, en el Cementerio Central de Montevideo, estaban los amigos, la familia y los colegas. Estaban las flores, un cristo sin cruz y la bandera roja. Desde los altavoces y tal como lo había deseado, Bob Dylan cantaba “It’s all over now, baby blue”. Cuando el cielo empezó a cerrarse sobre el cementerio y cayeron las primeras gotas de la última lluvia de ese verano, El Darno se quedó a solas. “Quédese ahí con sus uñas, veloz y quieta esperando. Espere, espéreme. Y espere siempre”.

No era la primera vez que hablaba con la muerte.

1 comentario:

Bismark Vega dijo...

Terrible.que perdida